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La edad.

Hace no mucho descubrí que Platón dijo que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. Es de presumir que toda nuestra eternidad es nuestra vida. Antes y después da igual que hubiera o hubiere. Total, no lo vivimos. Al menos, no soy consciente de ello.

Por suerte tengo una ligera idea de la existencia de los demás y pienso que si yo no anduviera por aquí, los demás seguirían. Gracias a eso pienso que todo va un poco más allá. Y posiblemente hubiera o hubiere algo antes y después.

Mirando más allá, hay cosas alrededor de donde toda esa gente, y mi persona, se mueve, corre, vive y esas cosas. Lo que son rocas, agua, aire, seres varios, árboles, microbios, un poco de todo. Una interfaz con la que mi consciencia se comunica con otras consciencias a través de interpretaciones físicas de las ideas. Toma más Platón, nombre que hace honor a su frente, físicamente.

Supongo que esa interfaz es algo increíble per se. Tanto que a veces nos hace pensar que está mucho más allá de nosotros. Más allá de nuestro alcance y percepción. Tanto que nos hace sentir pequeños ante cualquier muestra mínimamente grandiosa a nuestro ojos. Así, nos sentimos apabullados ante eso que llamamos naturaleza, y yo ahora ando llamando interfaz. Como en este caso.

Arnía

Somos ese pequeño ser de la foto. Poco más. Y algo más grande, tuvo que crearlo todo.

Quizá sea sano valorarnos un poco más de lo que hacemos. Ser demiurgos.

Por supuesto, esto son pensamientos sueltos, y no son verdad. Ni tienen sentido.

Manifiesto

Recuerdo hace tiempo, cuando era adolescente raro, leí la Iliada. Los héroes homéricos me fascinaban. Para una persona joven que se cree inmortal, que ve la muerte tan lejos, ver personas que ante el dilema de los héroes, escogían la muerte, era incomprensible y revelador.

Aquiles tenía dos opciones, una vida larga y tranquila, o una vida corta con gloria. Eligió la vida corta, porque le haría inmortal.

Hoy en día este dilema ya no tiene sentido. Han cambiado las cosas demasiado. Somos una cantidad ingente de personas, y salvo que uno sea rockero, por un lado es casi imposible destacar, y por otro, no hay por qué morir joven. Los principios y esas mierdas que cambian con los años. Aunque la fascinación aún permanece por el genio muerto en plenitud.

Con los años en mi mente el dilema ha variado, y ahora se presenta de otra manera. Por un lado, está vivir pensando en el futuro, en la prudencia, no arriesgar. Hacer una familia, asentarme, buscar estabilidad. Por otro, vivir en presente, quitar horas al sueño, forzar a la vida a que te dé fruto ya, y así, impactar con más fuerza en ella.

Y dicho esto, manifiesto:

Manifiesto mi adhesión a la absurdidad de los tiempos. A la conciencia de la muerte como recuerdo del tiempo finito. A la carrera de vivir como si quedasen dos meses aunque queden años. A abrir los ojos, y mirar la vida. Admirar la vida y la belleza. En cada sórdida esquina, ser consciente de su unicidad y extraordianariedad. De escudriñar los ojos de la gente. De llorar de alegría y tristeza. De robar minutos al cuerpo para dárselos a la vida. De dejarme llevar por el absurdo y el sinsentido. De sonreír tontamente. Y de rabiar, de desatar la violencia pacífica de la indignación. Tratar de ser un demiurgo cuando todo ya está creado, y sentirlo mío aunque sea copia. De sufrir, y que eso me haga recordar que sigo vivo. Y de agarrarme a eso porque, volviendo a la muerte, es lo que tengo, mi vida.

Manifiesto mi adhesión a que si sueño, es sólo porque no deja de ser otra forma de seguir viviendo.

La gran broma.

El otro día estaba leyendo Fantasmas, de Paul Auster. Y a una vuelta, un protagonista le cuenta a otro una historia, de un tal Hawthorne. La leí, y me quedé con la sensación de que ya la había oído antes. Por favor, Ana Karenina (quien me lo contó), disculpa mi mala memoria. Para mi todo es nuevo, a lo sumo, con sensaciones de deja vu.

La historia es desoladora. La sensación que deja de que la vida es una broma transitoria, carente de sentido…

«[…] un hombre que se llama Wakefield decide gastarle una broma a su esposa. Le dice que tiene que hacer un viaje de negocios y estará fuera unos días, pero en lugar de salir de la ciudad se va a la vuelta de la esquina, alquila una habitación y espera a ver qué pasa. No sabe exactamente por qué lo hace, pero de todas formas lo hace. Pasan tres o cuatro días, pero él no se siente dispuesto a volver a casa todavía, así que se queda en la habitación alquilada. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses. Un día Wakefield pasa por su antigua calle y ve su casa engalanada de luto. Es su propio funeral y su mujer se convierte en una viuda solitaria. Pasan los años. De vez en cuando se cruza con su esposa en la ciudad, y una vez, en medio de la multitud, llega a rozarse con ella. Pero ella no le reconoce. Pasan los años, más de veinte, y poco a poco Wakefield se hace más viejo. Una noche lluviosa de otoño, mientras da un paseo por las calles vacías, pasa por delante de su antigua casa y mira por la ventana. Hay un agradable fuego ardiendo en la chimenea, y él piensa para sus adentros: Qué agradable sería estar ahí dentro ahora, sentado en uno de esos cómodos butacones junto al fuego, en lugar de estar aquí bajo la lluvia. Así que, sin pensarlo más, sube los escalones de la casa y llama a la puerta. 
¿Y entonces?
Eso es todo. Así termina la historia. La última cosa que vemos es que la puerta se abre y Wakefield entra con una sonrisa astuta en la cara. 
¿Y nunca sabemos qué le dice a su esposa?
No. Ese es el final. Ni una palabra más. Pero volvió a casa, eso sí lo sabemos, y fue un amante esposo hasta la muerte. «

Disfrutad de vuestra broma mientras llega la muerte.