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Historietas.

Quiero recordar el sueño y no puedo.

Quiero recordarlo porque hace demasiado que no sueño tan bien. Porque últimamente el dolor de espalda y el insomnio me machacan las noches, y las mañanas son tan cortas como un político medio. Voy a intentarlo.

Recuerdo que había un grupo de gente que modificaba los hechos según ocurrían. Una especie de agencia que usaba dispositivos temporales. Así podían retroceder unos instantes en momentos puntuales de sus vidas para cambiar el presente a su conveniencia. No sé cómo, en mi sueño, lo descubrí y lo denuncie a los responsables de la realidad. Y ellos tomaron la decisión de reiniciar todo al momento en que se empezaron a usar esos dispositivos temporales. Esto era 2015. Y en 2015 no te conocía.

Al volver atrás y reiniciar eliminando los cambios que se habían realizado, el presente de 2019 sería muy diferente, y no tendría por qué ser igual. Quizá las cosas fuesen mejor, o peor, y alguna de esas casualidades que se dieron no se diesen, con lo que no tenía seguridad ninguna. Por eso, cuando los eso responsables de la realidad me ofrecieron una última voluntad antes de que todo desapareciese, por mis servicios prestados, yo les pedí tiempo, y me dieron dos días.

Dos días sabiendo que todo iba a dejar de existir, así que en la práctica ya no existía, y por tanto nada importaba. Y sólo lo sabía yo, el mundo seguiría igual sin ser consciente de nada. Ya no tenía nada que perder.

Llamé y hablé con las personas que me importaban por última vez. Fui donde ti y te conté lo que había pasado. Me creíste, sin saber por qué. Cogimos todo el dinero y el coche, y nos dirigimos lo más lejos que pudiéramos, para vivir lo más rápido posible. Llegamos a Marruecos y estuvimos por las calles de Tetuán y Fez. Hubo un tiroteo y maté a un hombre que daba una paliza a un mendigo. Vimos un oscuro atardecer y un amanecer lleno de luz, y al cabo de dos días, nada, despertar.

Pues eso, desperté y todo fue nada, porque nunca existió. Por eso no lo recuerdo y no sé quién eres, y mi vida continúa feliz en la ignorancia sin la añoranza de haberte conocido, pero a la vez un poco menos rica y menos vida, por no haberlo vivido.

Desde Cimas

Desde Castro Valnera, hace un tiempo.

Negra. Negra es la tierra.
Blanca. Blanca es la carretera.
Un anisakis que parasita la tierra.

Ya no me prodigo tanto en las alturas como antaño. La gravedad y los tendones maltrechos se alían contra mi voluntad de aumentar mi energía potencial. Toma. O quizá la voluntad no es suficiente como para compensar el propio paso del tiempo. Piano piano, que hay mucho que hacer.

Piano piano. Tanto despacio. No da ese tiempo.

Dicho esto, me gusta estar arriba. El aire no es más puro. En realidad es más escaso. Es simplemente que el aire golpea en la cara, da bofetadas. No es que se vea más lejos, es que no hay paredes. Igual hay niebla, o se ha hecho de noche, da lo mismo. Es la certeza de que no hay nada alrededor que genere claustrofobia. Al menos, fuera de nuestra piel. Es saber que subir hasta ahí ha costado esfuerzo. No sirve de nada, de forma racional. Pero vale tanto o más que lo que hayas invertido en ello. Y cuanto más inviertes más vale el momento. Por eso subo.