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Niños y adultos.

La principal diferencia entre un adulto y un niño es que un adulto es responsable de sus actos. Toma decisiones por sí mismo, y asume las consecuencias que se generan a raíz de ellas.

Por eso mismo, entiendo que no somos personas completas, hasta que somos adultos y somos consciente de ello. Los adultos, por naturaleza, se hacen cargo de los niños, porque estos se están formando, y aún no tienen suficiente experiencia en la vida, y por tanto, les falta información para tener un criterio propio. En un proceso normal, según el niño va creciendo, va tomando más y más decisiones, y aprendiendo de las consecuencias y de los errores. Y aciertos, que también los hay. Llegando finalmente a poder vivir por sí mismo, a ser adulto. Es responsabilidad del adulto, darle al niño la oportunidad de crecer y tomar esas decisiones, dándole más libertad de forma progresiva.

Ocurre que no siempre el adulto le da esa chance al niño. De esta manera, el niño crece físicamente, pero sigue siendo un niño. Al fin y al cabo, siempre le han tratado como un niño, aunque tenga cincuenta años.

Para mi, ser adulto es ser libre. Porque al ser libre de escoger, y tomar decisiones, con sus consecuencias, se cogen las riendas de mi propia vida.

Pongamos un casco al niño, que igual se resbala si se acerca a ver el mar, ahí, a veinte metros.

Pero ya no es así. Ahora, somos, los pobres de nosotros, incapaces de decidir por nosotros mismos. Nos dan discursos sesgados, con vocabulario simple, eslóganes que entran perfectamente en la mollera y se asientan ahí. No explican la realidad, la maquillan, porque la realidad es compleja, y es triste. La verdad, es que si lo hicieran, tendríamos que pensar en ella, e igual, nos entristecíamos. «Estar triste está mal». Y «pensar por uno mismo», «entender lo que pasa» también. Todos los discursos van en contra de eso. Porque no interesa que pensemos por nosotros mismos, que estemos tristes, y aceptemos que a veces no se gana. Que ocurren cosas fuera de nuestro control. Es mucho mejor que nos digan qué hacer para no estar frustrados.

Y si nos dicen que hacer, no lo hacemos por nosotros mismos. No tomamos decisiones, y maravilla: no tenemos que asumir consecuencias. Si sale mal es culpa del otro. Suena genial.

Pero eso es tratarnos como niños. Y lo hacen cada vez más, como si de un despotismo ilustrado se tratase, donde nosotros no sabemos lo que es mejor para nosotros. Ser niño es genial. Todos lo añoramos. Podíamos jugar por la calle sin responsabilidad ninguna.

Pues así es nuestra sociedad. Una sociedad de niños.

Y yo me niego.