Miro al otro lado. Veo un páramo con un árbol triste. Han vallado con espino todo ese erial, donde no hay nada más que soledad salvaje y desesperación. Un horizonte vacío, de soledad y perpetua huida, con un sol tan frío que abrasa la piel y los ojos.

Miro a mi lado. Veo una cárcel estrecha, cerrada al mundo exterior, rodeada de alambre de espino que me aleja del resto de la realidad. Si me muevo, el espino se clava en mi piel recordándome como cada movimiento que hago, duele, físicamente duele. Aquí, no hay nada más que la misma soledad salvaje y desesperación, que me puedo encontrar fuera.

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