Yo soy el hombre que vendió su alma
a un comerciante ciego oriundo de Arabia.

Hizo un largo viaje, pensando en un buen negocio,
pero pasado un tiempo, al mostrar el producto,
sólo quedaban las cenizas del odio.

Volvió, a reclamarme, su justa pecunia,
material defectuoso, alegaba.

Le dí la razón
él era ciego, y yo, un timador.
Eso con alma, ahora sin ella,
moral, ¿para qué?
Invento de pobres,
consuelo de débiles.

Me pudriré, así hizo Dorian,
lleno de gusanos, no le fue mal.

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