En Vitoría había una tienda. En esa tienda, querían vender. A mujeres. Ropa, en concreto.

Compraron un maniquí, hecho para vender. Le habían hecho artesanos chinos, con máquinas chinas, junto con miles de maniquíes iguales. Sus hermanos.

Maniquí, reina de la belleza, estereotipo de perfección estética.

Una princesa de cuento.

 

Y ahí está, condenada a mantenerse firme, soportando la lluvia y el barro, en una huerta. Siendo su fin espantar, por su terrorífico aspecto, a los pájaros.

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