Un día, como el anterior atardecer, yo estaba un poco roto. Y tenía la necesidad de soltar cosas. Aún no estaba lesionado, aunque sin saberlo aún, ya estaba en proceso.

Empecé, por la mañana, y subí a Tresviso. También bajé, con un queso en la mochila.

Después, cogí el coche y recorrí un poco la costa, por la zona de San Vicente de la Barquera, aunque sin parar. De ahí fui al bosque de secuoias.

Comí jamón y cosas varias, y ya con la batería del móvil en las últimas, decidí que podría estar bien ir a Ucieda. Y andé hasta que los calambres empezaron a martillear mis piernas.

Al fin y al cabo, tampoco es que yo esté grandemente preparado.

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