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Gianfranco Guredi

Versión 5.0

Fin de la fiebre.

 

Sin fiebre aún deliro
de una manera sutil,
eso sí.

La razón vuelve a su hogar
que encuentra destrozado de la batalla campal.
Botellas rotas, ceniza
artefactos pegajosos, mierda sobre la mesa
de la cocina.

Comida podrida.
Todo de color marrón,
olor a vertedero,
penetrante, nauseabundo, dulzón.

Busca la fregona, la pobre razón,
¿cómo diablos,
va a funcionar, si no?

En el sofá está mi energía
aplastada bajo quilos de inmundicia.

Qué batalla,
qué resaca sin alcohol.

La razón es sabia,
tiene razón,
Así que piensa, para sí misma.
“Batalla perdida.
Cerrojo en la puerta, a dormir a un hotel
Yo no vuelvo. Que me den por huida.
Que se encargue Voluntad,
de sanar las heridas.”

Así se fue, no sin antes
recoger de un estante
su paleta de color
de lo poco que salvó.

Nada

La nada.

No hago nada,
No he hecho nada.

Nada de nada hoy.

Un día sin nada.
Adicto a las pantallas,
al sofá necesario
que con voz dulce nos llama.

O me llama.

La nada.

Fricalor

Mi cuerpo se perdió,
Frío, calor, a la vez.
Pensamientos inconexos que se elevan
sobre una razón que se fue a pescar
elefantes voladores, más allá de la nube de Orión.

Pero se le olvidó volver.

Pospongo mis tareas, nada me atrae,
y me invado a mi mismo de autoconciencia sin control.
Pensando en mi, con la razón ausente
acabo dejándome los sentidos
que sólo ven un interior sin techo
donde se cobijan mientras llueve.

Los huesos se quejan
y en un doblepensar de fricalor
el dolor es cuasiplacentero.

Si no fuera porque no se va.

Así, tan centrado en mi mismo,
nada más que yo hay en mi vida.
Yo.

Cómo me gusta esa palabra.

Yo.

 

¿Y los demás?
Hoy me hago el fariseo
y aunque sea mentira,
Hoy,
me la repamplinfa.

Total, estoy febril.
En mi interior,
luchan Kassad, Moneta y el Alcaudón,
en la última batalla del tiempo,
por el control de mi cuerpo. 

Buenas noches a los amantes de la nada.

Alma

Yo soy el hombre que vendió su alma
a un comerciante ciego oriundo de Arabia.

Hizo un largo viaje, pensando en un buen negocio,
pero pasado un tiempo, al mostrar el producto,
sólo quedaban las cenizas del odio.

Volvió, a reclamarme, su justa pecunia,
material defectuoso, alegaba.

Le dí la razón
él era ciego, y yo, un timador.
Eso con alma, ahora sin ella,
moral, ¿para qué?
Invento de pobres,
consuelo de débiles.

Me pudriré, así hizo Dorian,
lleno de gusanos, no le fue mal.

Calle

Salieron como los gatos, un día de lluvia.
Tantearon el asfalto, paso a paso, lentamente.
Cautos, susurraros proclamas, que nadie creía.

Sin venir a cuento, niño travieso,
el viento, las elevó en el aire
llegando a oídos de los cuervos,
que anidaban en las alturas de la jungla de cristal.

¿Qué es eso que se oye?
Esos gusanos hablan.
¿Cómo es posible?
Si les quitamos la boca,
y nos comímos sus crías.

Mientras, a ras de suelo
corría un rumor incrédulo,
los ánimos prendían, y el asfalto
se derretía sin quemar,
permitiendo que en la balsa
de sus ya gritos
nadie pudiera alcanzarlos.

La Luna y yo.

Era un atardecer, pero la luna, a tres días de estar llena, ya estaba en lo alto, pequeña y lejana. Por eso sale en la foto.

Yo miré hacia la luna, y mi sombra, la que últimamente no es más que mi retrato, se proyecta en la yerba. Por eso también sale en la foto.

La mitad de la foto es cielo. La otra mitad es tierra.

Yo estoy en la tierra.

Pero la mitad de mi vida es un cielo al que no puedo llegar. Porque mi sombra se arrastra por el suelo.

Sombra de sí mismo.

Miró alrededor y vio un poza cenagosa.
Llena de hojas, verdes, pequeñas.
Huevas de renacuajo en las esquinas.
Aguas marrones y negras.

Trato de ver su reflejo.
Con el sol a la espalda.
Y así, con atención, se fijó.
Sólo vio una sombra asustada.

Sin rostro, ni cara, ni rasgos, ni ropa.
Ni luz. Ni risa.

Sólo el reflejo de su ánimo perdido.
En el mar de fango de la vida.

Al fin y al cabo, los gritos más aterradores son aquellos que se forman con el silencio de un público ausente.

Mirando dentro.

Aunque tu vives ciega
con tus ojos abiertos
yo miro dentro
en tu mundo psicodélico
acaricio tus palabras.
Y me quedo. 

Juego con tus ideas y mis dedos
al pasar por la biblioteca de tu mente
rozan los dorsos de los recuerdos
desordenados en estanterías.

No se puede ordenar el caos.

 

Tu mente caótica.
Tropiezo con un cuaderno
de dibujos infantiles, y lo abro, al azar.
Es la historia,
es la vida.

 

Las últimas páginas,
los trazos eran firmes.
Los colores, perfectos,
la técnica, impoluta,
los temas, tristes.

¿Dónde estabas?

Te encontré,
entre trazos temblorosos
de una mano inexperta,
la forma se perdía,
al llegar a los inicios
y yo, deambulando
por tu caótica mente,
quedé atrapado
en tu inocencia.

Inocencia.

Días de lluvia.

Me gustan los días de lluvia, cuando salía del taller. Ahora que el país está ingobernado, la gente no sale de sus casas por el frío, el monte me espera paciente y ni siquiera nieva, son los días en teoría aburridos.

 

Así que  escucho la mala reputación, y me meto entre hojas de excel, preparo todo para lo que viene, y sigo en el proceso. Hasta que llegue el momento.

De una transición a la siguiente. Sin saber a donde me llevan, claro está.

 

La gran broma.

El otro día estaba leyendo Fantasmas, de Paul Auster. Y a una vuelta, un protagonista le cuenta a otro una historia, de un tal Hawthorne. La leí, y me quedé con la sensación de que ya la había oído antes. Por favor, Ana Karenina (quien me lo contó), disculpa mi mala memoria. Para mi todo es nuevo, a lo sumo, con sensaciones de deja vu.

La historia es desoladora. La sensación que deja de que la vida es una broma transitoria, carente de sentido…

“[…] un hombre que se llama Wakefield decide gastarle una broma a su esposa. Le dice que tiene que hacer un viaje de negocios y estará fuera unos días, pero en lugar de salir de la ciudad se va a la vuelta de la esquina, alquila una habitación y espera a ver qué pasa. No sabe exactamente por qué lo hace, pero de todas formas lo hace. Pasan tres o cuatro días, pero él no se siente dispuesto a volver a casa todavía, así que se queda en la habitación alquilada. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses. Un día Wakefield pasa por su antigua calle y ve su casa engalanada de luto. Es su propio funeral y su mujer se convierte en una viuda solitaria. Pasan los años. De vez en cuando se cruza con su esposa en la ciudad, y una vez, en medio de la multitud, llega a rozarse con ella. Pero ella no le reconoce. Pasan los años, más de veinte, y poco a poco Wakefield se hace más viejo. Una noche lluviosa de otoño, mientras da un paseo por las calles vacías, pasa por delante de su antigua casa y mira por la ventana. Hay un agradable fuego ardiendo en la chimenea, y él piensa para sus adentros: Qué agradable sería estar ahí dentro ahora, sentado en uno de esos cómodos butacones junto al fuego, en lugar de estar aquí bajo la lluvia. Así que, sin pensarlo más, sube los escalones de la casa y llama a la puerta. 
¿Y entonces?
Eso es todo. Así termina la historia. La última cosa que vemos es que la puerta se abre y Wakefield entra con una sonrisa astuta en la cara. 
¿Y nunca sabemos qué le dice a su esposa?
No. Ese es el final. Ni una palabra más. Pero volvió a casa, eso sí lo sabemos, y fue un amante esposo hasta la muerte. “

Disfrutad de vuestra broma mientras llega la muerte.

Árboles y bosque

Cuando las ramas no permiten ver el bosque, hay que preguntarse.

Así que me pregunto. ¿Es por los árboles? ¿Es por el lugar exacto desde el que miro? ¿Son mis ojos? ¿Es mi mente?

No importa. Detrás de los árboles, sólo hay más árboles.

Rejas

Miro al otro lado. Veo un páramo con un árbol triste. Han vallado con espino todo ese erial, donde no hay nada más que soledad salvaje y desesperación. Un horizonte vacío, de soledad y perpetua huida, con un sol tan frío que abrasa la piel y los ojos.

Miro a mi lado. Veo una cárcel estrecha, cerrada al mundo exterior, rodeada de alambre de espino que me aleja del resto de la realidad. Si me muevo, el espino se clava en mi piel recordándome como cada movimiento que hago, duele, físicamente duele. Aquí, no hay nada más que la misma soledad salvaje y desesperación, que me puedo encontrar fuera.

Pero es.

A veces miras el mundo con incredulidad.
Como diciendo, no, esto no es así.
No puede ser así.

Pero es.

 

Y entonces todo lo que llevas encima se convierte en una losa.
Los párpados caen.
La piel de tu cara se arruga.
Tu ánimo se llena de escarcha.
Tu cuerpo se endurece, se vuelve rígido.

Tu mente se apaga.

 

Porque no sabe qué hacer.

Pájaros

Un pájaro le dijo a otro pájaro

– ¿A dónde vas, pajarito?

– Voy a volar más lejos, que cualquier otro pájaro.

– Pero, ¿hacia dónde irás?

El pájaro que quería volar más lejos, que cualquier otro pájaro, miró a su compañero, y se encogió de hombros.

– Sólo quiero volar. A dónde, no importa.

Contra la pared

Primero. 

Luchando contra uno mismo, nos encontramos contra los muros de nuestros deseos incumplidos, esculpidos en relieve en la piel de la piedra.
Destrozamos los nudillos, en una lucha perdida, contra un objeto inanimado. 

Segundo. 

Llorando por el alma perdida, en el muro de las lamentaciones, tan sólo quedan plasmadas las lágrimas de la sangre vertidas. 

Tercero. 

Infinito tiempo condenado en esta celda imposible. Maldita la luz que me atraviesa y hace que todo sea oscuridad. 

Cuarto. 

Nada importa, cansada, hasta la extenuación. 

 

Hoy

Hoy, que es de noche, y aquí estoy, sin saber muy bien por qué,
decido, a cuento de nada, que sin quererlo y sin buscarlo,
mirando hacia otro lado,
casi,
casi,
me he encontrado.

Paseándome por el centro. Ocho.

Hoy subo muchas más fotos.

Siempre he querido plasmar los recuerdos. Las fotografías son retazos de mi propia memoria. De esta memoria que perdí, por el camino de la vida. Dado que me pierdo tanto. Y no puedo evitarlo.
Mis recuerdos suelen ser imágenes sueltas, momentos fugaces. Y como todo recuerdo, busco quedarme con algo que me haga girar la cabeza al pasar.

Pero no es sólo eso. Hay un motivo estético. Artístico incluso. Intento crear algo con ellas. A cada una, intento darle un punto de vista más allá. Algo propio.

Sin embargo, este segundo punto es tramposo, porque en él, también existe la pura vanidad. Porque el realizar algo bello, manifiestamente bello, no se hace sólo para uno mismo. Siempre se piensa que se puede mostrar.

Aún me queda un enorme camino, desde el ver las cosas hasta plasmarlas como puedo. Pero de momento, yo intento seguir con esto.

Lo dicho, hoy más fotos, de una serie del centro de Santander, que ya lleva ocho entregas.

De fuegos.

Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Yo no ardo. Soy como la ceniza que se consumió.
Sin preverlo, las velas de mi barco ardieron, con los fuegos de San Telmo.
El viento azuzó las llamas, y perdí mástil, vigía y timonel.
A la deriva, mi barco de vela se desliza hacia ninguna parte.

Pero si llega a puerto, navegaré de nuevo.

La próxima vez que los fuegos me toquen, me uniré a ellos.

Mis créditos a Galeano.