Categoría: Personal

Todas las cosas personales, con las que se me va, poco a poco, la pinza.

Límites del saber

Si hay algo verdaderamente cierto, es que lo ignoro todo o casi todo. Y me da rabia, porque hubo un tiempo en el que una mente despierta podría haber adquirido todo el saber de la época. Pero ahora ya no es posible. Ya no hay más que pequeños sabios que lo saben todo sobre casi nada.”

Jean Dausset, tolosano Premio Nobel de Medicina en 1980.

Ayer comentábamos (increíble que me acuerde) sobre la ilusión o la idea de lograr algo en la vida por lo que ser recordado, y que no sea un atentado, sino algo productivo. Yo perdí esa idea allá por los dieciséis años, más o menos, cuando empecé a ser consciente de la cantidad de gente que había en el mundo y la cantidad de trabajo que requeriría.

Ahora reorganizando fotos y cosas, me he encontrado con esa frase. Recuerdo que me la encontré en las artes y las ciencias de Valencia, el edificio ese de Calatrava que extrañamente sigue en pie. Y hablaba exactamente de lo contrario. Recuerdo, que cuando la vi, para mí significó mucho también, tanto como cuando fui consciente de que no podría ser el mejor en algo. Y es que el no poder llegar a saberlo todo, a ser el perfecto humanista, también es algo que me inquieta. Y es que una vida no da, hay que seleccionar qué aprender antes de aprenderlo (lo cual es una especie de paradoja), y la visión de conjunto sin los detalles desmerece.

Pero ahí seguimos.

La luna y el avión. Y es que la técnica casi se estrella contra el cielo de los hombres.

Historietas.

Quiero recordar el sueño y no puedo.

Quiero recordarlo porque hace demasiado que no sueño tan bien. Porque últimamente el dolor de espalda y el insomnio me machacan las noches, y las mañanas son tan cortas como un político medio. Voy a intentarlo.

Recuerdo que había un grupo de gente que modificaba los hechos según ocurrían. Una especie de agencia que usaba dispositivos temporales. Así podían retroceder unos instantes en momentos puntuales de sus vidas para cambiar el presente a su conveniencia. No sé cómo, en mi sueño, lo descubrí y lo denuncie a los responsables de la realidad. Y ellos tomaron la decisión de reiniciar todo al momento en que se empezaron a usar esos dispositivos temporales. Esto era 2015. Y en 2015 no te conocía.

Al volver atrás y reiniciar eliminando los cambios que se habían realizado, el presente de 2019 sería muy diferente, y no tendría por qué ser igual. Quizá las cosas fuesen mejor, o peor, y alguna de esas casualidades que se dieron no se diesen, con lo que no tenía seguridad ninguna. Por eso, cuando los eso responsables de la realidad me ofrecieron una última voluntad antes de que todo desapareciese, por mis servicios prestados, yo les pedí tiempo, y me dieron dos días.

Dos días sabiendo que todo iba a dejar de existir, así que en la práctica ya no existía, y por tanto nada importaba. Y sólo lo sabía yo, el mundo seguiría igual sin ser consciente de nada. Ya no tenía nada que perder.

Llamé y hablé con las personas que me importaban por última vez. Fui donde ti y te conté lo que había pasado. Me creíste, sin saber por qué. Cogimos todo el dinero y el coche, y nos dirigimos lo más lejos que pudiéramos, para vivir lo más rápido posible. Llegamos a Marruecos y estuvimos por las calles de Tetuán y Fez. Hubo un tiroteo y maté a un hombre que daba una paliza a un mendigo. Vimos un oscuro atardecer y un amanecer lleno de luz, y al cabo de dos días, nada, despertar.

Pues eso, desperté y todo fue nada, porque nunca existió. Por eso no lo recuerdo y no sé quién eres, y mi vida continúa feliz en la ignorancia sin la añoranza de haberte conocido, pero a la vez un poco menos rica y menos vida, por no haberlo vivido.

Si es que da igual.
Dime, ¿qué más da?
Si lo mire como lo mire,
de sueño me muero,
de cansancio me caigo,
de dolor se quejan mis huesos,
y sumo otra vez a mis años,
los errores de mi pasado,
las tareas de mi presente,
y del futuro un mal hado,
que en el alma me hiere.

El joven Roble

Hoy el joven roble, se desperezó
entumecidas notó sus ramas,
azul de prusia el cielo
y a sus oídos, oscuros truenos
que en sus ojos los rayos confirmaban.

Y la pareja de jilgueros,
de la rama séptima,
del tercer ramal principal,
sector noroeste,
segundo tronco,
ya no estaban.

«Pesado sueño he tenido»,
confirmó para sus adentros.
«Hoy me noto más rígido»,
se dijo para sí mismo.
«La cicatriz de aquel hachazo de hace tanto,
me molesta»,
comentaba entre murmullos.
«Tengo frío sin mis hojas,
¡Maldito invierno!»,
quejóse del clima inmisericorde.
«Ah, el suelo es de barro,
¡ésta lluvia!»,
observaba mientras agitaba sus ramas inferiores.

Antes adoraba las tormentas,
el viendo sacudía sus ramas,
y él se ponía a cantar con ellas,
haciendo los coros al jilguero.
Su tronco era estrecho y flexible,
y a la mínima brisa, se mecía,
se dejaba acariciar,
y las gotas de lluvia,
hacían que sus hojas,
llorasen de alegría.

Su tronco es grueso ahora.
Es fuerte, recio y adulto,
destaca sobre el horizonte,
y ya no se mece igual.

«Creo que ya, no soy un joven roble».
«Creo que ya, soy un viejo gruñón».

Miró tristeza en su reflejo,
pero se sintió tan fuerte,
que si antes una brisa lo mecía
ahora enfrentaba tifones.
Sus raíces se aferraban y se hundían,
y miraba altivo el horizonte.

«Ya no bailaré con la brisa,
pero orgulloso me alzaré sobre el bosque».

Varios

La edad.

Hace no mucho descubrí que Platón dijo que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. Es de presumir que toda nuestra eternidad es nuestra vida. Antes y después da igual que hubiera o hubiere. Total, no lo vivimos. Al menos, no soy consciente de ello.

Por suerte tengo una ligera idea de la existencia de los demás y pienso que si yo no anduviera por aquí, los demás seguirían. Gracias a eso pienso que todo va un poco más allá. Y posiblemente hubiera o hubiere algo antes y después.

Mirando más allá, hay cosas alrededor de donde toda esa gente, y mi persona, se mueve, corre, vive y esas cosas. Lo que son rocas, agua, aire, seres varios, árboles, microbios, un poco de todo. Una interfaz con la que mi consciencia se comunica con otras consciencias a través de interpretaciones físicas de las ideas. Toma más Platón, nombre que hace honor a su frente, físicamente.

Supongo que esa interfaz es algo increíble per se. Tanto que a veces nos hace pensar que está mucho más allá de nosotros. Más allá de nuestro alcance y percepción. Tanto que nos hace sentir pequeños ante cualquier muestra mínimamente grandiosa a nuestro ojos. Así, nos sentimos apabullados ante eso que llamamos naturaleza, y yo ahora ando llamando interfaz. Como en este caso.

Arnía

Somos ese pequeño ser de la foto. Poco más. Y algo más grande, tuvo que crearlo todo.

Quizá sea sano valorarnos un poco más de lo que hacemos. Ser demiurgos.

Por supuesto, esto son pensamientos sueltos, y no son verdad. Ni tienen sentido.

Desde Cimas

Desde Castro Valnera, hace un tiempo.

Negra. Negra es la tierra.
Blanca. Blanca es la carretera.
Un anisakis que parasita la tierra.

Ya no me prodigo tanto en las alturas como antaño. La gravedad y los tendones maltrechos se alían contra mi voluntad de aumentar mi energía potencial. Toma. O quizá la voluntad no es suficiente como para compensar el propio paso del tiempo. Piano piano, que hay mucho que hacer.

Piano piano. Tanto despacio. No da ese tiempo.

Dicho esto, me gusta estar arriba. El aire no es más puro. En realidad es más escaso. Es simplemente que el aire golpea en la cara, da bofetadas. No es que se vea más lejos, es que no hay paredes. Igual hay niebla, o se ha hecho de noche, da lo mismo. Es la certeza de que no hay nada alrededor que genere claustrofobia. Al menos, fuera de nuestra piel. Es saber que subir hasta ahí ha costado esfuerzo. No sirve de nada, de forma racional. Pero vale tanto o más que lo que hayas invertido en ello. Y cuanto más inviertes más vale el momento. Por eso subo.

Venus y media Luna

Anduve buscando alguna foto con banderas y cosas así. Pero curiosamente, en los dos últimos años no he tenido ninguna. No soy muy de banderas. 

La foto no es gran cosa. Tiene mucho ruido y está sacada demasiado oscura, la tuve que aclarar, y le quité el color porque no se mostraba nada bien. 

Me gusta la gente, me gusta sentada y de pié. Hablando unos con otros. Con el móvil en las manos, o señalando a unos y otros. con cervezas, bebiendo. De noche. Muy tarde, antes de un concierto. Aunque ahí ya es cuestión de imaginar, son cosas que no salen en ella. 

Gente

Por cierto, sin nubes, había estrellas. No muchas, al fin y al cabo hay una seta de polución lumínica sobre Santander. Hay dos luces principales. Media Luna y Venus.

Y con eso nada más. 

Pensaba hablar del sinsentido social que veo últimamente, pero siento que esa es una reflexión demasiado larga ahora que ando prácticamente de vacaciones. Como avance, recordad, odiar es malo. Y ruin. 

Trinca

Te debo una, dos o tres.
O cuatro, o diez o cien
y cuanto más pasa más te debo,
porque ya no estás, para perdonarme
que el tiempo pase, sin el homenaje,
que te debo, Trinca.

Te echo de menos.
Mucho de menos, pequeña.

Ojos cerrados. O al revés
Ojos abiertos. O al revés
Mira qué efigie
Otra pose

Mira tu mirada de me la sopla. 

Pensé en poner fotos de tu vida, desde pequeña. Tengo un vídeo del día en que llegaste en el que te peleabas con un objeto inanimado típico llamado alfombra. Y contra todo pronóstico casi ganas. 

O más adelante, corriendo como loca cuando aún eras delgada, antes de robarle la comida a los otros animales, por el Dobra, como tantas veces subimos. De caballo en caballo. Como una salvaje. Como si les fueras a cazar. He echado números. Un caballo medio pesaba en torno a cincuenta veces más que tú. Optimismo. 

Tengo un par de gatos blancos ahora. Tener es un eufemismo de que no me hacen ni puto caso. En teoría van a cazar bichos como tú. Aunque tú tampoco cazabas gran cosa. Preferías robar la comida al pobre Wilki, o a quien se pusiese de por medio. O a poner cara de pena a través de la ventana de la cocina, con la esperanza, de que algo cayese. Y siempre caía. Te aprovechabas de mi. Arpía manipuladora. 

Pues eso, pensaba en las fotos de juventud, pero al final, si pensamos en el tiempo que vivimos, tú fuiste mucho más tiempo mayor (y vaga, y loca, y hambrienta, y dormilona, y feliz), que joven. Donde eras igual pero sin cabeza. 

Te echo mucho de menos pequeña. Sé qué no volverás. Por eso te echaré más de menos. Pero me estoy acostumbrando a hacerlo, y al hacerlo sonrío. 

Sueño

Hoy dentro de un sueño, me he preguntado si lo que estaba viviendo era real.

Llegué a la conclusión de que sí.

Colores

Porque sí, porque los hay en todos lados. Colores.

Ejemplo número uno. Subir al monte en horas tardías, y mirar ahí, en lontananza, entre los árboles lejanos perderse al sol y dejar su estampa

Ejemplo número dos. Ir por la ciudad y encontrarse con el arrabal. Vuelta a los colores primarios artificiales.

Ejemplo número tres. Los colores también están en las pozas. Los difuminan y emborronan, los dejan sin formas. Pero los colores no pierden fuerza.

Ejemplo número cuatro. De vuelta a la ciudad entre las líneas rectas y los azules de las sombras, los amarillos gritan.

Ejemplo número cinco. Pasa otro día y se vuelve a hacer tarde. Así que el cielo vuelve a sangrar, y mi mirada anónima no es la única que lo ve. El ejemplo final, por cierto.

Estercolero

Oremos a la nada
después de perder nuestros dioses
y cambiarlos por pastiches,
cajas hechas de colores,
llenos de polvo de estrellas
que se fundieron en el fondo,
del cubo de la inmundicia,
del egocentrismo más puro.

Cambiando nuestros ejemplos
de santos y mitos, dioses homéricos,
hipsters en cruces, calvas panzas brillantes,
por el vacío de la duda,
queda un agujero, un pozo negro.

Vacío
Se oye hasta el eco.

Y lo usamos de estercolero.

Tiramos las banderas de la patria,
donde antes estuvo Sísifo.
Arrojamos al fondo, arrodillados,
los iphones, los bmw, el reiki,
autoayuda, tarot y chamanes,
sin sentido, sin cabeza.
Brad Pitt y Angelina,
Ronaldo, Nadal y Batman,
todos ahí arrojados.
Cómo se acumula la mierda.

Limpia el pozo, se está pudriendo,
ya ni coger agua podemos,
veneno sale de ese agujero.

Todos ciegos

Descreídos de ojos abiertos
no creen en banderas,
no saben lo que es la patria.
Que viven con sus congéneres
sin pensar que comparten nada
más allá del día a día,
la amistad y el buenos días,
ayudar con la sal y la azada,
cuidar de las otras plantas,
hablar un mismo idioma,
o gestos sin palabras,
pero no pensar en naciones,
ni en etnias, ni en zarandajas,
filosóficas y artificiales,
que a los humanos separan.

Enseñad a los ciegos
que alzan porras y placas.

Enseñad a los ciegos
que alzan himnos y banderas.

Frontera absurda que se alza,
entre hermanos que no hablan.

 

No soy de aquí, ni soy de allá
No tengo edad, ni porvenir
Y ser feliz es mi color
De identidad

Irse lejos

Coge la moto,
y va a aquel sitio,

latigazo en su memoria
la consciencia de repente,
que su vida es suya,
Y de nadie más.
La primera vez

Joven, y hace dos años,
justos, exactos,
fue arrojado al mundo,
sin red ni ventura,
ni un triste respaldo,
y se fue lejos.

Al gritar, y verse solo,
en un completo desierto
lleno de seres humanos,
sin alma, al desamparo,
agarró su fuerza, escondida,
y adelante, rogó al cielo,
que le dejase volar.

Y cuando atado, queda al suelo,
rabia siente, más y más,
se va lejos, donde siempre,
a gritar, en silencio,
y recordar.

 

Déjame 

Déjame decir lo que pienso, cuando es bonito lo que pienso, aunque sea un momento fugaz. 

Las palabras son un juego, al que me gusta jugar. 

Y dejarme ganar. 

Y no quiero ser

Beber, y dejarme llevar.
Cuando yo quiero no querer,
y no quiero pensar,
y no quiero ser,
pero sí desaparecer,
sin desvacenerme,
sólo mi ser
que habla sin sentido,
y sin saber que hacer.

Porque a veces, todo es,
simplemente, nada ser.

Y levantarme, otra vez,
como si siempre,
hubiera sido,
sin parar,
sin detenerme,
sin, ni un instante,
haber no sido,
yo.

Aunque no lo fui.

 

Porque no lo fui,
aunque quise serlo.

Y aún quiero.

A veces no me reconozco,
ni os veo siquiera a vosotros.

En la fugacidad de mi vida,
todo pasará, demasiado rápido.

Aprovechad a vivir, y hacer cosas,
mientras pueda disfrutaros.

Después, me dará igual.

Y aún quiero que me importe.

Picnic

Ando algo más, la panadería,
periódico, una botella, comida.
Privilegios, dicen, el perder el tiempo
en andar en la nada.
Una sonrisa, la panadera,
unos céntimos, en la puerta,
a la señora, que siempre saluda,
y me da los buenos días,
aunque llueva.

Aunque sean grises.
O negros.

Me voy a ese parque.
Es día nublado,
no habrá turistas.
No habrá niños.
No habrá perros.

Periódico.
Trump, para presidente.
Sánchez, a los leones.
Ganó el Racing.
Crucigrama.
Siete letras.
Estado natural de las cosas.
Soledad.

Nuevos Dioses

Con el peso de un mundo propio
aplastando sus hombros contra el suelo,
con la prisa infame,
de estos días, irremediable,
anda el hombre hacia su casa
en un día soleado.

Cuanta más luz hay, más sombras aparecen.
y resalta a quienes entre ellas se mueven,
esquivando los focos,
huyendo del frío de los lugares,
que mira nadie.

 

El camino es largo.
Mira a la gente al pasar,
de soslayo,
no lo vayan a captar,
en sus sectas maniqueas,
de blancos y negros sin grises.

No, el no quiere eso,
y ve lo absurdo.
Lo absurdo es esto.

Escaparates, de una sociedad, que ha visto tanto, que ha hecho tanto, que ya no se sabe reinventar.
Y antes de eso, implosiona,
en su propia decadencia,
haciendo de lo absurdo, de la diferencia,
la más común de las normas.

La medida de las cosas,
tras un cristal, tan sólo,
para vender el humo,
del endiosiamiento de lo fútil,
de la moda.

 

Se cansa de todo,
y se larga.
No quiere pensar,
en madrugar mañana,
en trabajar,
ni en levantar España.

No quiere nada.
Sólo vivir, y dejarse llevar,
por el descontrol, de la multitud, alienada.
Acólitos de drogas, música y luz,
adoración a los nuevos dioses,
en la plena noche.

Mira, un Dios.

Cementerio de recuerdos en la ruina

Avanzando entre las tumbas de mis recuerdos,
me fijo en las mariposas púrpuras que las rondan,
los cuervos negros posados en las ramas de un ciprés,
las telarañas de un lugar, al cual se va, pero nadie vuelve
y nadie las toca.

Estoy alegre. Veo enterrada mi vida, y estoy alegre.
No espero a la muerte, y miro atrás
sólo para entrever entre tanto epitafio
que las tumbas, no dejan de crecer.

Y es que siguen acumulándose las lápidas.
Bendita revelación.
Mientras crezca el cementerio, estoy alegre.

 
«Así son los epitafios,
de mi vida perra y larga.»

 

Agazapado

Escribo agazapado, como un francotirador,
gritándote al oído, a cientos de kilómetros,
que el cielo se abre y la tierra tiembla,
cuando un clamor en mi cerebro,
recuerda tu voz, arrullando, meciendo
mi mente, al compás que marcan
tus caderas, asesinas de razón.

Ritmo constante, grácil, fuerte,
cadencia del corazón calmado,
que al acercarse acelera su pulso,
destroza las cuerdas que amarran al muelle,
mi sensatez, hundiéndose al fondo,
de tu mar de locura y
mi deseo remoto.

No soy nada, en tu pelo enredado,
un animal recién liberado,
que loco, queda a tu lado,
Mientras besa tus ojos de azul desatado,
color del abismo que al hundirme he llegado.

Pero me da igual.
Jugando tu cuerpo esa noche en verano,
disparo mi rifle,
te grito al oído,
que te quiero a mi lado.