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Gianfranco Guredi

Versión 5.0

Colores

Porque sí, porque los hay en todos lados. Colores.

Ejemplo número uno. Subir al monte en horas tardías, y mirar ahí, en lontananza, entre los árboles lejanos perderse al sol y dejar su estampa

Ejemplo número dos. Ir por la ciudad y encontrarse con el arrabal. Vuelta a los colores primarios artificiales.

Ejemplo número tres. Los colores también están en las pozas. Los difuminan y emborronan, los dejan sin formas. Pero los colores no pierden fuerza.

Ejemplo número cuatro. De vuelta a la ciudad entre las líneas rectas y los azules de las sombras, los amarillos gritan.

Ejemplo número cinco. Pasa otro día y se vuelve a hacer tarde. Así que el cielo vuelve a sangrar, y mi mirada anónima no es la única que lo ve. El ejemplo final, por cierto.

Estercolero

Oremos a la nada
después de perder nuestros dioses
y cambiarlos por pastiches,
cajas hechas de colores,
llenos de polvo de estrellas
que se fundieron en el fondo,
del cubo de la inmundicia,
del egocentrismo más puro.

Cambiando nuestros ejemplos
de santos y mitos, dioses homéricos,
hipsters en cruces, calvas panzas brillantes,
por el vacío de la duda,
queda un agujero, un pozo negro.

Vacío
Se oye hasta el eco.

Y lo usamos de estercolero.

Tiramos las banderas de la patria,
donde antes estuvo Sísifo.
Arrojamos al fondo, arrodillados,
los iphones, los bmw, el reiki,
autoayuda, tarot y chamanes,
sin sentido, sin cabeza.
Brad Pitt y Angelina,
Ronaldo, Nadal y Batman,
todos ahí arrojados.
Cómo se acumula la mierda.

Limpia el pozo, se está pudriendo,
ya ni coger agua podemos,
veneno sale de ese agujero.

Un día.

Me cuesta centrarme, así que voy a contaros cosas.
Bueno, pocas cosas, porque son sólo fotos.

Pero podéis imaginaros una historia brutal, con persecuciones, sangre, muerte y sexo. Esas cosas tan geniales que nos ofrecen las series y la Iliada.

Pues en esas lides andaba yo, que me fui al pantano del Ebro, y me dije: vamos a hacer algún paisaje, que hace tiempo. He hice un clásico.

Luego me dije: Igual puedo hacer algo que no suelo hacer, foto de deporte. Y me subí a la única estación de esquí. Yo no soy nada dado a esas lides, que mira que me parecen arriesgadas. No para los demás, sino para mí. Yo ahí seguro que me rompo la crisma, que soy dado a esas cosas.

Andaba con el 85 fijo, y la 6d enfoca como el culo, así que me puse a enfocar a mano. Pero intenté hacer algo diferente, que no sé si salió.

Fotos de deporte extremo, para que veáis.

Y entonces bajé para abajo, me paré un momento, la vi subir a toda ostia. Cruzó frente a mi y unos cuantos, y siguió a toda ostia hacia arriba.

Bilbao – Quinto – Bonus arquitectónico

Como última parte, fotos sin gente, esas de puro turismo, de cosas que están ahí paradas.

A las nubes

Desde Langreo, y en un día tan largo, que casi fue dos, lanzaron al viento, por la Mujer, lámparas de fuego.

El campanario

Digamos que todo el mundo ha fotografiado esta torre.

El otro día conversando, si mi memoria no me falla, aunque es bastante probable que lo haga, salió el tema de dónde está el verdadero mérito. El clásico debate de la cámara o el fotógrafo.

Me gusta hacer fotos. Las hago muchas veces por hacer, por pasar el rato. Evidentemente me gustaría dedicarme a ello a tiempo completo, pero bueno, eso el tiempo dirá.

Sin embargo, a veces me encuentro ante una determinada estampa, que quizá como este ejemplo no sea gran cosa (no deja de ser un ejemplo), y me planteo qué le puedo sacar a esa imagen. Cómo la puedo interpretar, de qué forma. Qué quiero que exprese.

Así que uso la cámara, como una herramienta. Y el lightroom y el pc. Cuanto mejor sea, más opciones me dará. Así que mejor. Pero lo que hago con ella, la interpretación que le doy, eso parte de mi mismo. Y me lo planteo de la misma manera que si fuera a pintar un cuadro. Con el añadido, de que el tema es real.

Pero bueno, se puede falsear, hacer que parezca lo contrario.

Tres interpretaciones de lo mismo, aquí. Ejemplos. Y de motivo, esta torre de la iglesia, tan fotografiada, de tantas maneras diferentes, por tantos fotógrafos.

Barcos

Hace no demasiado tiempo, las nubes decidieron bajar a la tierra.

Yo trabajaba bastante, pero un día, no quise hacerlo.

Un día que respiré.

Vi barquitos.

Nuevos Dioses

Con el peso de un mundo propio
aplastando sus hombros contra el suelo,
con la prisa infame,
de estos días, irremediable,
anda el hombre hacia su casa
en un día soleado.

Cuanta más luz hay, más sombras aparecen.
y resalta a quienes entre ellas se mueven,
esquivando los focos,
huyendo del frío de los lugares,
que mira nadie.

 

El camino es largo.
Mira a la gente al pasar,
de soslayo,
no lo vayan a captar,
en sus sectas maniqueas,
de blancos y negros sin grises.

No, el no quiere eso,
y ve lo absurdo.
Lo absurdo es esto.

Escaparates, de una sociedad, que ha visto tanto, que ha hecho tanto, que ya no se sabe reinventar.
Y antes de eso, implosiona,
en su propia decadencia,
haciendo de lo absurdo, de la diferencia,
la más común de las normas.

La medida de las cosas,
tras un cristal, tan sólo,
para vender el humo,
del endiosiamiento de lo fútil,
de la moda.

 

Se cansa de todo,
y se larga.
No quiere pensar,
en madrugar mañana,
en trabajar,
ni en levantar España.

No quiere nada.
Sólo vivir, y dejarse llevar,
por el descontrol, de la multitud, alienada.
Acólitos de drogas, música y luz,
adoración a los nuevos dioses,
en la plena noche.

Mira, un Dios.

Recuerdo

O más bien, quiero hacer recordar, que en los tiempos de sol y mar, no hace mucho, llovía.

En la cruz

Andando cabizbajos, repensando, a oscuras entre enormes muros y pilares, los cristianos, subyugados de tanta magnificiencia, elevan la mirada, y ven la cara de su cristo crucificado. Sólo su cara, con luz. Sufre, en paz.

Viernes, trece

Me acuerdo de pasear de día por un parque, y ver a lo lejos unos viejos discutiendo.

Uno sentado, otro de pie.

Tras un contenedor.

Hoy es viernes trece, día a priori complicado.

Como discutir en un parque, gritando.

Paraguas

Aquel día, me levanté tarde, con la cabeza gritándome al oído. Subí a un punto alto de la ciudad, y vi a la gente pequeña abajo. Entonces, decidí conducir lejos, bastante lejos. Llegué mucho después, aparqué, me dirigí a una extraña casa, en un pintoresco barrio. Me duché, me aseé.

Era tarde ya, pero eché a andar. Llevé un paraguas, las nubes, amenazaban. Atravesé un par de parques. Saqué una foto, a través de una parada. Supongo que camino a su casa, después de trabajar. Igual es mucho suponer.

Seguí andando, entre multitudes. Cada vez más dinero, más gente, más soledad, más cámaras, más bares, más narcotraficantes, y policías parados en cada esquina. Aún amenazaba lluvia, pero como amenaza quien va de farol. Mal jugador de póker. Creía estar llegando a un sitio importante, uno de esos lugares claves. Llegué a una plaza, con mar al fondo. Creo que acerté.

Todo estaba en obras. A medio hacer. Pero no era nuevo, sólo se caía y lo recolocaban. Decidí ir a la izquierda tras rechazar tentaciones en lugares ajenos. Y tocar el mar, aunque sea el mismo de siempre. Los mares siempre se parecen. El adoquín no me abandonaba, y al llegar a una pared, con un agujero, me asomé. Aún sin entender que sentido tiene la reja, cuando a ambos lados, tan sólo hay plaza.

Más allá, un parque. Por un lado, jóvenes dando saltos, alardeando, con palos, moviéndose, capoeria o algo así. Por otro, la antítesis de la salud hecha persona, mirándoles. Al fondo, gente mirando lo que yo ya había visto en los agujeros. Me resguardé tras una columna, di varios pasos atrás, y los dividí en dos. Al fin y al cabo, son diferentes. Y yo sólo pasaba por allí.

Seguí andando. Mi tobillo dolía ya, y poco a poco oscurecía, aunque aún no del todo. Avancé por barrios complicados, oscuros. Tristes, esto no lo prometen los folletos de turismo. Al fin y al cabo, así es el país, la gente, las ciudades. Hasta que no se ven esos lugares, no se conocen de verdad. Yo escogí verlo, y lo encontré. Hay que buscarle la cara oculta, detrás de la rica fachada. Calles sin gente en la calle.

Y yendo por zonas así, anocheciendo sin color, me encontré un edificio enorme. Gris claro, no sucio. Cerrado. Sin nadie, ni un alma. Llegué por la que era la parte de atrás. Le di la vuelta, hasta llegar a unas escaleras. Alguien venía de frente, me sonrió. No había absolutamente nadie más en aquella plaza, en ningún lugar a mi vista, ni en las casas y los coches. Nadie más. Bajé un poco más, ella subió las escaleras. Hice dos fotos, esta es una. Me vio hacerlas, volvió a sonreír, y se fue. Y me quedé totalmente solo. Al fin, miré el edificio. Era grandioso. Pero frío. Un panteón.

Me di la vuelta, vi un callejón. De nuevo a la realidad, se vende.

Se hizo de noche.

Se hizo de noche, y todo cambió. Empezó a gotear el cielo, sin llegar a llover, sólo a mojar. El paraguas, aún dudaba si iba a ser usado o no. Pero se volvía todo más bello por momentos. Las luces, los reflejos, las calles. Me decidí a subir, y subí, mucho. Pero en una, miré abajo. La gente es más vaga que yo, pensé. Pobre gente…

Entré en una zona extraña mientras subía. Ya me adelanté en los colores de la noche.Pero no sólo colores, también ruina. Un hombre sacando a su perro. La noche aún con un toque de luz en el cielo. El adoquín roto. Un árbol retorcido. De camino al castillo. Yo atravesando aquello, y realmente, disfrutándolo. Me gusta la oscuridad, en la noche. Sin gente, entre casas. Es parecido a estar en la montaña, una noche estrellada, con el viento y la lluvia contra tu cara. Pero con la ironía, de estar rodeado de humanidad sin gente.

Llegué al castillo. Llamé, pero nadie me contestó desde las almenas, y no pude entrar. Porque aún no sé volar. Aunque sea cuestión de tiempo… Entonces, lloviendo más, entré por una puerta. Me senté en un sofá, y deslicé el pilot por el papel de mi cuaderno. Sonaba esto de fondo.

En los mesas, había velas y cachimbas, y algún hipster de esos. Por suerte, sólo uno. Para prueba un botón.

Dos horas después, salí de allí.

Ya los párpados no aguantaban más. La lluvia alegró a mi paraguas, que al fin se sintió útil. Ahora bajaba, por calles como las anteriores. Sin gente, prácticamente. Y ya sin esperarme encontrar más, aparqué a un lado mi paraguas porque vi otro sobre mí. Una pareja contaba las gotas que caían del cielo bajo la luz de una farola. Seguro, que porque no querían moverse de allí. Del uno o del otro. Les miré un rato, antes de irme.

 

Y me fui, a dormir, pensando en un día más. Dormí bien al fin.

Pensando en alzarse

Ante todo.

Ante todo se alzaron,
contra el más grande de su tiempo,
por la honra, sus familias,
y su orgullo.

Porque orgulloso es el pueblo que se levanta, solamente, para administrar su propia miseria.

Pero se alza desde el suelo.

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Colores de la noche

Perdido y deambulando
entre calles rotas de historia y de abandono
de repente, en la oscuridad,
todo fue color.

Árbol retorcido que cobijas de la lluvia,
como el pelo de un calvo a su cabeza,
no te caigas sobre el hombre,
que espera bajo ti.

Reflexión sobre Palomas y Hombres.

Nos miran desde arriba.
Esperan, pacientes. Y
en el momento exacto, en que
dejamos atrás los despojos del día a día,
se abalanzan sobre las mesas
y arrasan con nuestra mierda.

De eso, se alimentan.

Y sin embargo, nos miran con suficiencia.

Pescador

Hace buen día.

Cojo mis aparejos, preparo mi barca,
la empujo por la rampa y suelto las amarras.

Enciendo el motor.
Me dejo mecer,
y me adentro entre las olas.

Nada hay, pero me siento acompañado.
Una gaviota, en el cielo,
un faro, a lo lejos.
Mi mirada, entre las nubes,
mi mente, ya no sufre.

Saco mi caña, con suerte
mi cesto lleno al día siguiente.
Envidia en el bar,
caras incrédulas al ver mi cosecha,
de peces y piezas.

Pasan las horas,
crecen las olas,
el mar amenaza,
y yo levo anclas.

Me vuelvo hacia el puerto.

Giro el timón,
veo a la orilla.
Me mira una cámara.

Y tras ella,
una sombra,
de triste mirada.

El viejo y el mar.

Pensativo, mirando al paisaje.

Furia

Furia desatada, sin límites, que en días apacibles se rebela tras la máscara de tranquilidad de mi cara.

Hombre sentado

Esperando sentado, en un cruce de caminos, a que llegue la razón de un día más.

Ebanistas y carpinteros

Por mucho que digan, hay pocas cosas más bonitas que trabajar con tus propias manos. Crear de cero, donde ves la propia evolución de tu trabajo, desde el principio hasta el final, de un modo tangible.

Sin embargo, cada vez es más difícil. Aparte de que no deja de ser un trabajo duro para la salud, es un trabajo que está muriendo. Entiendo lo que ocurre y por qué ocurre, pero no deja de darme pena. La industrialización, los sueldos bajos, el menor poder adquisitivo, el gobierno con los impuestos… todas estas cosas, crean un caldo de cultivo en el que ya no se valora un mueble bien hecho, a mano, con cuidado, con buenos acabados, y trato personal. Y sobre todo, ya no se paga.

Así, los ebanistas dejan su trabajo, hacen cosas sencillas, prefabricadas, baratas. No se vende lo bueno. Ya no quedan.

Aparte de la propia crisis con los impagos y la escasez de clientes, cosas como la dinámica de los tiempos, la melamina y productos similares, y la política de los propios almacenes que hacen la competencia a sus clientes, y los Ikea de turno, la profesión muere. En Cantabria, han cerrado por lo menos dos tercios de las carpinterías. Y el resto sobrevive, porque con cincuenta años, ya no te reciclas. Haces chapuzas pequeñas.

Del gobierno y los autónomos no hablo. Ya bastante se sabe.

Al final, quedan unos cuantos que conocen su profesión, capaces de hacer cualquier cosa aunque la carrera no exista, cuidadosos, perfeccionistas, capaces, que hacen grandes trabajos. Unos pocos.

Pero muy pocos.